jueves, 17 de septiembre de 2009

Mi Hermano del Alma

Para considerar a alguien como tu hermano,el afecto y el cariño que se debe de sentir por esa persona debe de ser muy grande, porque un hermano es alguien que te apoya en las buenas y en las malas,que está a tu lado incondicionalmente.

Tengo tres hermanos biológicos. Alvaro,Johayro y Julio de trece,catorce y veintiun años respectivamente, pero tengo un hermano mas, él es Jhonathan Zarate, una persona con la que crecí y aprendí muchas cosas.

"Yo te vi crecer, tú eres mi hermano", es su frase célebre cada vez que estamos en una reunión y el alcohol se le sube a la cabeza, y sí,es verdad.
Nos conocimos desde muy pequeños y la amistad surgió, talvéz fue por la corta distancia en la que se encuentran situadas nuestras casas o seguro fue porque nuestros padres eran amigos, no lo sé y en realidad nunca nos hemos hecho esa pregunta.

Somos grandes amigos desde que pude caminar, hace 16 años aproximadamente, y con mi abuela frecuentábamos a menudo el parque que está a unos metros de mi casa y en el trayecto siempre nos encontrábamos con él.

Los años pasaron y ambos sentíamos la misma pasión por el fútbol y por un equipo en especial, Universitario de Deportes, que cada partido que juega hace que nos juntemos así estemos lejos para ir al estadio o a un bar para tomarnos unas cervezas mientras vemos jugar a la "U".

Recuerdo perfectamente que ambos nos poníamos nuestras camisetas, sacábamos nuestra pelota y jugábamos "tiros al arco", muchas veces rompíamos la ventana de mi casa que está enrejada o éramos tan malos en patear que siempre mandábamos la pelota a casa de la vecina del lado, la cual un buen día se le ocurrió la magnifica idea de introducirle un cuchillo para no devolvérnosla y ya no juguemos más, pero nos buscábamos otro balón y volvíamos a la cancha, como buenos peloteros. No importaba la hora que sea, nuestra jornada futbolística empezaba desde las diez de la mañana hasta las 11 de la noche, no almorzábamos, no cenábamos, solo jugabamos y jugabamos.

El tiempo corría y se venían los campeonatos intercalles que organizaba la directiva de la urbanización en la que vivo, todos los domingos de Enero y Febrero era una fiesta, los globos,pica pica, las chicharras y las banderolas invadían las tribunas de la loza deportiva.
Nosotros integrábamos el equipo de Dinamarca, la calle en la que vivimos, y éramos uno de los que llegaba a las semifinales, era emocionante, las familias de los muchachos que participábamos en el equipo nos daban camisetas y orgullosos salíamos al campo a ganar.

Íbamos creciendo y por primera vez fuimos al Monumental, partido “U” contra Cristal, era una fiesta todo, era la inauguración del estadio y estábamos en la cola para poder entrar a la tribuna Oriente, una vez adentro nos acoplamos a la Barra U Oriente, saltábamos, cantábamos y nos emocionábamos con las jugadas que veíamos en la cancha.
Desde ahí se nos volvió costumbre ir a todos los domingos, teníamos una semana para ahorrar y comprar nuestra entrada de quince o veinte soles cuando se jugaba una Copa Libertadores o Sudamericana.

Una de las cosas que marcó mucho nuestra amistad fue cuando falleció su abuelo, el muchacho estaba destrozado, fue una gran pérdida para él. La amistad que teníamos era muy fuerte, lo acompañé el día del entierro al cementerio para al menos darle fuerzas. Esa noche había fútbol, Velez Sarfield de Argentina venía a Perú a robarle puntos a la U, no pudimos ir por respeto a su familia y aparte que los ánimos no eran los mejores, pero lo vimos por medio de un televisor.

Somos de religiones diferentes, la de él le obliga ir todos los sábados a la Iglesia y pasarla ahí, la señora Martha, su mamá, me invitó a ir y yo acepté. Era divertido y todos los sábados asistíamos a Miraflores, en donde está su templo, no porque nos gustaba rezar, sino porque nos escapabamos a jugar nintendo 64 y volvíamos diez minutos antes de que todo terminará para que sus papás nos vean que estábamos ahí.

Ya estábamos grandes, y nos empezamos a juntar con amigos de diferentes calles y desde ahí aprendía a jugar "pistaso", fulbito en la pista y con cuatro ladrillos que simulaban un arco.

Junto a ellos se vino la época de quinceañeros, ya bebíamos y hablábamos de mujeres, de una forma un poco tímida pero en cada conversación tenía que salir el tema y como entre amigos todo se vuelve mas divertido, se volvió una costumbre comprar unas cervezas y conversar todos juntos.

Hace unos meses los sábados aburridos se volvieron divertidos para nosotros, comprábamos unas cervezas, unos cigarrillos, encendíamos la radio con el volumen un poco elevado y recordábamos cosas que hacíamos juntos en nuestra niñez.
Ahora, lamentablemente, nos hemos alejado un poco por que no tenemos tiempo para hacer las cosas de antaño, yo trabajo y estudio y él estudia, se nos cruzan nuestros horarios. Pero siempre hay unos minutos para fumar unos cigarros mientras conversamos.

Él es mi cuarto hermano, una persona que a pesar de que estemos en lugares diferentes siempre nos preocuparemos uno del otro, en casa lo sienten como si fuese un hijo mas, lo acogen de la mejor manera y le tienen mucha confianza, y yo en su casa también soy muy bien recibido.

Solo te tengo que decir que: ¡Sos grande “Chapita”!

domingo, 13 de septiembre de 2009

Mi Regreso a Casa

Entre tantos buses expulsando el bullicio de sus bocinas, tímidos rayos solares que se asoman a este crudo invierno actual, roncas voces de los cobradores llamando a los pasajeros que suelen viajar en sus líneas de transporte, niños que suben a los carros vendiendo sus golosinas, entre apretujones humanos y mil destellos de visiones distintas, así empieza el recorrido a casa, que dura cerca de una hora.

Siempre con unos audífonos en las orejas, escuchando las canciones que tengo en mi reproductor de música, hoy quise escuchar un poco de Reggae, siempre me relaja, me transporta a sentir diversas sensaciones, recordar cosas que me pasaron, algunas tristezas, alegrías también, todo gira en torno a la armonía musical supongo.

Me despido de mis amigos de la “Bau” y camino rumbo a la avenida Pershing, esperando que las luces del semáforo cambien de rojo a verde. Llego a fastidiarme y a desesperarme, cuanto mas espero algo, más se demora, pero bueno, hasta que por fin llega el momento, me dirijo hacia el frente a esperar el carro, otra inquietud que me hace experimentar la ansiedad.

Después de unos largos y eternos diez minutos siento como mi estomago ruge de hambre, ya es la una de la tarde, ya es hora de almorzar.

Se aproxima el bus y por los audífonos se escucha “Mundo”, una canción de Jagannatha, que es como un llamado a nuestra conciencia por el daño que le hacemos al planeta.Encontré un asiento vacío en la parte posterior, al costado de una señorita muy atractiva, le pido permiso para pasar y ahí empieza una nueva historia. La avenida Javier Prado, a esa hora de la tarde, es interminable, el exceso de carros y la mala coordinación de los efectivos policiales hace que, para circular cinco cuadras demore cerca de veinte minutos, es un caos total al cual ya estoy acostumbrado, y si no tuviera un mp3 posiblemente ya me hubiera vuelto loco.

“Huy, que buena canción!” está sonando “Cuentame” de “Shiva Shanti”, un tema que habla sobre el amor y la pena de haber dejado a una persona que se quiere, yo no soy romántico y creo que para que eso cambie, primero mí Perú debe llegar al mundial, es decir, algo imposible. Pero tampoco negaré que he querido mucho a una persona que se volvió mi compañera inseparable durante cuatro años de mi vida, desde que estuve en tercero de secundaria. Esta canción la repito mas de tres veces porque es un tema que en algún momento escuchamos juntos y los quince minutos que dura no es suficiente para poder recordar las cosas que pasamos.
Pero basta de sentimentalismos, por fin pasamos todo el tránsito y llegamos a la vía expresa, desde ahí ya los vehículos pueden circular con más facilidad y rapidez. Mientras el bus avanza y yo voy mirando las calles de Lima se me cruzan muchas cosas por la mente, ideas, planes, proyectos, recuerdos, en fin, muchas cosas.

El aburrimiento y el cansancio se hace presente en mi trayecto a casa, ya estoy alrededor de cuarenta minutos viajando y es en ese momento que sube un niño de aproximadamente ocho años que con un peine y una lata de leche vacía canta a viva voz la tan famosa canción de Chacalón, “Viento”. Ofreciendo golosinas, pidiendo que los pasajeros le apoyen para poder alimentar a sus hermanos menores, a su madre está enferma, a su padre que abandonó a su familia, no se si creerle o simplemente ignorarlo, si seguir mirando los automóviles que pasan a mi alrededor, no se… generalmente todos los vendedores que suben a los carros dicen lo mismo, pero decidí comprar los chocolates que ofrecía por el simple hecho de que ese pequeño no debería estar trabajando, sino estar en el colegio estudiando, en casa haciendo tareas o jugando con sus amigos, pero, no se puede hacer mucho o casi nada. En fin.

Me emociona saber que ya llegaré a casa, que en la mesa encontraré el almuerzo del día, que en el segundo piso me espera la computadora para conectarme al Messenger o ver mi facebook, que en mi dormitorio está mi cama que me recibe siempre cómoda al momento de descansar y que hoy por la noche redactaré mi tan aburrido regreso a casa.

Estas líneas las escribí fumando unos “Lucky” que se consumen cada vez que le doy “una piteada” y con los parlantes del ordenador en su máximo volumen escuchando Morodo, un excelente grupo de música Reggae, relajandome, cosa que me permite pensar y recordar todo lo sucedido hoy, jueves 10 de setiembre del 2009.