Todos tenemos un lugar en casa que nos conoce desde pequeños. Ese rincón es nuestra habitación, cuatro paredes que si hablaran contarían cada una de nuestras penas, alegrías y travesuras. Esas paredes que me vieron crecer y hoy, con una lapicera en mano escribirá un poco de lo que ha visto hace 19 años.
Conocí a Gerardo cuando él era muy pequeño, cuando se colocaba sus zapatillas y salía desesperado a jugar fútbol con sus amigos, también cuando llegaba la época de carnavales y dejaba sus ropas mojadas en el piso. Lo vi crecer, llorar, reír, pude presenciar los diferentes uniformes cuando le cambiaron de colegio. Cuando se sienta con sus cuadernos y estudia, al llegar la noche se acurruca entre sus sábanas para descansar y al día siguiente empezar lleno de energías positivas.
Sus penas y tristezas están guardadas en un cajón dentro de mí, y así como se lo juré, ni una sola persona lo podrá abrir. Sus sonrisas pícaras las observo desde el techo blanco. No puedo soportar el ruido de la música que escucha, me siento en otro planeta, llego al punto de la desesperación, pero no puedo hacer, yo soy suya.
Lo vi por primera vez hace diecinueve años, cuando sus llantos descontrolados me estresaban, y ahora que ha pasado tantos años, me siento orgullosa de haber albergado dentro de mí a una persona con metas y propósitos, con miras hacia un futuro mejor.
Sé que con todo lo que se ha propuesto en unos años me cambiará, pero no importa, porque lo recordaré con mucho cariño y amor. Tendré un pedacito de él en mi ser, porque al mirar las esquinas sabré que en mí pasó los mejores años de su vida.
Conocí a Gerardo cuando él era muy pequeño, cuando se colocaba sus zapatillas y salía desesperado a jugar fútbol con sus amigos, también cuando llegaba la época de carnavales y dejaba sus ropas mojadas en el piso. Lo vi crecer, llorar, reír, pude presenciar los diferentes uniformes cuando le cambiaron de colegio. Cuando se sienta con sus cuadernos y estudia, al llegar la noche se acurruca entre sus sábanas para descansar y al día siguiente empezar lleno de energías positivas.
Sus penas y tristezas están guardadas en un cajón dentro de mí, y así como se lo juré, ni una sola persona lo podrá abrir. Sus sonrisas pícaras las observo desde el techo blanco. No puedo soportar el ruido de la música que escucha, me siento en otro planeta, llego al punto de la desesperación, pero no puedo hacer, yo soy suya.
Lo vi por primera vez hace diecinueve años, cuando sus llantos descontrolados me estresaban, y ahora que ha pasado tantos años, me siento orgullosa de haber albergado dentro de mí a una persona con metas y propósitos, con miras hacia un futuro mejor.
Sé que con todo lo que se ha propuesto en unos años me cambiará, pero no importa, porque lo recordaré con mucho cariño y amor. Tendré un pedacito de él en mi ser, porque al mirar las esquinas sabré que en mí pasó los mejores años de su vida.


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