El pequeño Andrés tiene solo diez años y a su corta edad ya sabe lo que es una decepción futbolística. Perú, una vez más, no participa en una copa del mundo.
En el dormitorio del niño se puede ver la camiseta de la selección peruana con el número 14 en la espalda, que hace tiempo atrás usaba su famoso ídolo, un tal Claudio Pizarro. Los posters pegados en su puerta de jugadores que solo los vio por televisión y que algunos ya pasaron a mejor vida, sus binchas, pulseras y sombreros. Toda la indumentaria completa que usa cada vez que va al estadio es lo que sobra en ese rincón de su casa.
Pasará el tiempo y Andrés guardará en un baúl con un enorme candado todos los objetos con las que asistía al estadio junto a su padre, las entradas con las letras despintadas y las penas de una derrota más; eso se quedará guardado en el baúl. Los amargos recuerdos estarán al fondo hasta nuevo aviso.
Los tiempos pasan y las lágrimas y penas también, sufriendo cada gol que anotaban los rivales en nuestra portería durarán por corto tiempo y todos tenemos claro que cuando se juegue un nuevo partido de nuestra selección las cuatro tribunas estarán abarrotadas de gente y ese aliento del público se transmitirá a los once jugadores que están con una franja roja en el pecho para que se den íntegros y de esa forma llegaremos a un mundial, lejano…pero llegaremos.


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